El Rafa Arnáiz
En mis años de clausura monástica el Rafa Arnaiz era solo un beato. Un niño simple que solo deseaba amar en un amor que lo consumía. No escribió mucha cosa pero sus «florecillas» tienen la reminiscencia de Francisco de Asís y de Teresa del niño Jesús.
Ya lo conocía con anterioridad pero en esos años lo conocí mucho más y se convirtió en uno de mis amigos espirituales, esos tan necesarios en esta tierra.
He tenido la suerte, ya santo, de visitar su monasterio hace pocos años (que hice mío), su tumba y rezar junto a él.
Hoy celebro su vida y agradezco a Dios la luz que transmite.
Gracias Rafa Arnáiz. Nos vemos en poco.
Si algo he aprendido de estas décadas de caminar en la fe, es que Todo se cumple.

