San Ignacio de Loyola
¡Feliz San Ignacio de Loyola! Que San Ignacio interceda y acompañe nuestra vida y nos ayude a discernir los signos de Dios en ella para en todo amar y servir.
¡Feliz San Ignacio de Loyola! Que San Ignacio interceda y acompañe nuestra vida y nos ayude a discernir los signos de Dios en ella para en todo amar y servir.
Yo estoy en proceso de búsqueda, Dios incuestionablemente me moviliza, pero yo no acabo de poner nombre a mi inquietud, ¡llevo ya años! Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá. Porque pedimos, buscamos y llamamos, muy querido Señor nuestro, envía tu Espíritu Santo a los que te lo pedimos.
Señor, perdóname, me he acostumbrado a ir a las villas miseria, sin embargo, yo puedo irme cuando quiero, pero ellos no.
Señor, perdóname, me he acostumbrado al olor de la basura; sim embargo, yo puedo alejarme de allí y ellos no.
Señor, perdóname, yo puedo hacer una huelga de hambre, pero ellos no, porque están siempre hambrientos.
Abraham insistió: «Una vez más, me tomo el atrevimiento de dirigirme a mi Señor. Tal vez no sean más que veinte justos los que haya en la ciudad». «No la destruiré en atención a esos veinte», declaró el Señor. «Por favor, dijo entonces Abraham, que mi Señor no se enoje si hablo por última vez. Quizá sean solamente diez». «En atención a esos diez, respondió, no la destruiré».
Mi Señor, ¿Y si sólo hubiera uno? ¿La destruirías? ¿Y si no hubiera ninguno? ¿La destruirías? Querido mío y querida mía: si no hubiera ninguno, no la destruiría, en atención a que al menos hubiera uno que se arrepintiera y quisiera ser feliz.
Aceptemos dócilmente la palabra que nos ha sido sembrada y es capaz de salvar nuestras almas.
Apostol Santiago, patrón de España: abre las puertas del cielo a los difuntos, consuela a sus familias y amigos, sana a los heridos; danos fe y esperanza ante la tragedia y amor para con todos.
Virgen Inmaculada, protégenos …
“No tengo oro ni plata, pero traigo conmigo lo más valioso que se me ha dado: Jesucristo. Vengo en su nombre para alimentar la llama de amor fraterno que arde en todo corazón; y deseo que llegue a todos y a cada uno mi saludo: «La paz de Cristo esté con ustedes” (papa Francisco, JMJ, Brasil).
Cómo le devolveré al Señor todo el bien que ha hecho por mí? Alzaré la copa por una salvación e invocaré el nombre del Señor;
Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Si, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Dios te quiere para Él. Para Él sólo te quiere. Actos y gestos no planificados, corazón abierto, fe fresca a flor de piel. Altibajos y tormentas a las que se añade aún más complejidad. Todo, porque uno no es indiferente al sufrimiento humano. ¿Por qué complicarse la vida? ¿Por qué compartir el sufrimiento ajeno? ¿Por qué tanto empeño? La respuesta a estas preguntas acaso se hace sencilla. Todo esto es porque Dios te quiere para Él. Para Él sólo te quiere.