Haciendo perfecta la alegría

Si la exhortación en nombre de Cristo tiene algún valor, si algo vale el consuelo que brota del amor o la comunión en el Espíritu, o la ternura y la compasión, les ruego que hagan perfecta mi alegría, permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento.
No hagan nada por espíritu de discordia o de vanidad, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos.
Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás (Filipenses 2,1-4).

¡¡Feliz fiesta de Todos los Santos!!

Hoy, fiesta de todos los santos, recordamos a todos los ángeles personales que nos trajeron el amor de Dios, se hicieron presentes en nuestras vidas y custodiaron nuestra soledad para que nunca fuera tal. Por todos los que nos precedieron y siguen estando en nuestras vidas. Porque cuidaron de nosotros y fueron medio eficaz del amor de Jesús de Nazaret. Por todos los que nos siguen acompañando, siendo espejo transparente del rostro de Dios. Felices las personas que se dejan diariamente hacer santas, porque conocen el amor de Dios y no hay mayor medida del gozo que descubrise amado y amando cada día.

Encuentro con un acontecimiento

Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva (Encíclica «Dios es amor» de Benedicto XVI).

Sobre la providencia

La providencia divina es Dios actuando a través de nuestras manos. La providencia no es casualidad, es el abandono a ser cuidados por Dios a través de los que nos rodean. La providencia no nos deja solos aunque no siempre nos trae lo que queremos, sino lo que necesitamos. Nos enseña a acoger lo que venga, aunque no sea lo que queramos. Es la vivencia del abandono que nos enseña a aceptar y agradecer lo que venga, como a aprender a pedir. Pensamos que vivimos en un mundo insolidario e individualista. La providencia nos abre a la bondad y generosidad de la gente, que supera ampliamente el pesimismo individualista de nuestra sociedad.

En memoria de papá

Un amigo colombiano me avisó de que quería recordar a su padre en el tercer aniversario de su muerte. Llamó a algunos amigos y les convocó para ir sencillamente a misa juntos un domingo por la tarde. Vino una pareja con dos niños. El más pequeño comenzó a gritar al comienzo de la misa y sin apenas conocerle ni a él ni a sus padres, lo tomé en mis brazos y le di un beso. Sólo tenía dos años. Él se calló y empezó a mirar las figuras de alrededor. Tras unos minutos se lo devolví a su padre más calmado. Al terminar la misa su hermano mayor entró en una capilla aledaña. El silencio denotaba un fuerte clima de oración. Yo me fui detrás de él y cuando comenzaba a romper el silencio le susurré al oído: «Mira, toda esta gente está rezando». Él con una sonrisa se puso a rezar el Padrenuestro. Cuando terminó nos fuimos a tomar un chocolate porque el que nos convocó quiso invitarnos. Tras una breve puesta al día, risas, comentarios, pajaritas de papel y juegos, nos despedimos con un abrazo de agradecimiento por haber querido compartir con el que nos convocó, aquella misa en memoria de su padre.

Otoño en colores

El misterio oculto del otoño es que cuando la «vida» muere, sus colores internos se muestran. Algo similar ocurre en nuestro interior cuando dejamos ir a nuestro yo de aislamiento, desconexión y egoísmo. En lenguaje religioso, tenemos que dejarnos morir a nuestro ego, a buscar nuestro propio interés, para volver a «nacer de nuevo» a una realidad mayor, más relacional, compasiva y divina.

Roca y fortaleza mía

Yo te amo, Señor, mi fuerza, Señor, mi Roca, mi fortaleza y mi libertador. Mi Dios, el peñasco en que me refugio, mi escudo, mi fuerza salvadora, mi baluarte.

Invoqué al Señor, que es digno de alabanza y quedé a salvo de mis enemigos. ¡Viva el Señor! ¡Bendita sea mi Roca!

¡Glorificado sea el Dios de mi salvación, Él concede grandes victorias a su rey y trata con fidelidad a su Ungido (Salmo 18).

Mediador providencial

Hace unos días regresaba de una excusión cuando recibía un mensaje de un gran amigo mío anunciándome que la madre de una amiga suya había fallecido. Tuve que hacer memoria porque la había conocido unas semanas antes en la fiesta de cumpleaños de mi amigo. Estuve hablando un buen rato con ella pero tuve que pedir algún detalle más para confirmar que efectivamente era ella. Mi amigo me pidió que me fuera al tanatorio y la acompañara en su nombre. Al principio me sentí descolocado sin saber qué hacer. Era tarde, estaba cansado. Después pensé que son estas cosas las que hacen de mi amigo algo excepcional y fui sin pensarlo. Estando allí, me sentí un mediador, un emisario de amor y consuelo que terminó consolando también en nombre propio. Ese día reconozco haberme hecho medio real del amor de Dios.

Poniendo cada cosa en su lugar

Seguro que te ha pasado. Has ordenado tu habitación con mayor o menor destreza, estás orgulloso porque más o menos sabes dónde está cada cosa, es un caos con cierto orden.

La verdad es que llega un momento en que sientes la necesidad de colocar cada cosa en su lugar, y buscas un momento para ordenar tus pertenencias. Con los días, con el tiempo, te das cuenta de la facilidad que tienes para sacar las cosas de su sitio y dejarlas por en medio y te preguntas cómo es posible que todo se desordene tan rápido.

Hay cosas que no sabes dónde poner, cosas que exhibes en estanterías con mucho gusto y otras que te avergüenzan y guardas en los rincones más polvorientos; es en esos rincones donde amontonas lo que te molesta, donde siempre hay cosas de sobra y que no encuentran su lugar.

Fantasmas del abandono

Hace unos días fui a una excursión de un grupo de profesionales jóvenes. Hizo un día precioso, fue una experiencia de compartir, de encuentro fraterno. Algunos bromeaban conmigo preguntando que qué hacía en jóvenes, porque era el «más viejo» del grupo. Un par de días antes escribía a los organizadores para que me buscaran un hueco para irme con alguien en coche o para llevar yo coche y que alguien se viniera conmigo. La noche de la víspera me entraron dudas de si sería bien recibido, de si no sería un «estorbo», de ¡a ver cómo ubicamos a este! Pensé que quizá lo mejor que podría haber hecho es no haberme apuntado a la excursión para «no molestar». Me dejó un mensaje una de las organizadoras para que nos fuéramos juntos. Aquella noche me visitaron mis fantasmas del abandono. Sólo me visitan a mí, no tienen que ver con la gente que me rodea. Cristo Jesús, mi luz interior. No permitas que les haga caso. Al fin y al cabo no son más que eso: fantasmas.